jueves, 10 de abril de 2014

Gastronomía



   He pasado una semana de locos. Tenía que entregar un trabajo bastante pequeño para el que estaba bloqueadísimo y escribía un párrafo por día. Un dictado-examen el lunes, otro examen el miércoles... Vamos, que desde el domingo hasta ayer he dormido una media de tres horas por día, y ayer miércoles me levanté hecho polvo y con los ojos doliéndome como si me hubieran echado arena mientras dormía. Hice el examen, entregué el trabajo, fui a una asamblea (cumplí una de mis metas de la universidad: ver a un tío de voz agresiva soltar un discurso de unión y movilización de estudiantes) y le pedí a la profesora que me dejara hasta las doce de la noche para hacer la redacción. El tema era de gastronomía, en eso he fallado un poco porque no creo que utilice suficiente vocabulario de comida del día a día, pero mi profesora ya se lo debía esperar al darme licencia para ser creativo. Al final se lo envié a la una, alegando que estaba en las Canarias. Me respondió (positivamente) al instante y me deseó buenas vacaciones. Qué bien cae esta mujer, de verdad. Al final todo ha salido a pedir de Milhouse. ¿Que por qué os lo cuento? Pues no sé, porque ni siquiera es para tanto, una semanita típica de universitario loco (y ni eso). 
   Os dejo con la cosa esta, espero que os guste y quien quiera puede llevarse el mérito de ser el primero en comentar en el blog. Aunque si el comentario es sobre la redacción, mejor.

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Esta narración ha salido de la mente de un creativo analfabeto culinario, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
La historia culinaria de Sanstotzka es rica y curiosa. Ya en la antigüedad los nómadas, ávidos cazadores, constituyeron un factor de peso en la extinción de grandes mamíferos como el venado azul o el oso cornudo. Se conservan pinturas rupestres que demuestran que el hombre tribal combinaba torpemente vegetales con carne en la misma comida. Es cierto que las mismas pinturas nos animan a creer en la existencia de las legendarias fresas de cristal, por lo que estos datos se ponen en duda tan pronto como se mencionan.
De la tradición oral y escrita conocemos platos arcaicos como el jabalí cojo asado y relleno de frutas (frambuesas, manzanas, y peras entre otras) o la sopa de ojos de pollo, cuyos ingredientes principales no enumeraremos por no provocar náuseas al lector.
            Se calcula que sólo hace mil años del último cambio climático relevante, el cual no sabemos explicar. Por lo que cuentan los libros antiguos, la tribu de los Tarales, que comenzaba a asentarse pero aún veneraba (y ya cocinaba) al oso, debió ver como su multipresente deidad desaparecía de la noche a la mañana. Casi todos los historiadores están de acuerdo en que fue en este momento cuando se produjo una polarización de la dieta de los hombres. Unos, los más fieles, se lanzaron al mar con todo tipo de instrumentos para buscar a los osos, a algunos de los cuales habían visto sumergirse. Otros se dedicaron a vengar a su dios dando caza a su mayor rival depredador: el lobo venenoso.
            Los primeros colonizaron el archipiélago de Parov, subsistiendo a base de la pesca de salmones y, ocasionalmente, de tiburones. Su población era baja pero estable. Los segundos, radicalizados, rechazaron cualquier producto de la tierra y desarrollaron aún más sus técnicas de caza. Por desgracia para ellos, se empeñaron en no interrumpir su guerra contra el lobo. Bastaba con un ponzoñoso mordisco para arrancar la vida al más fuerte cazador, y sus creencias les impedían alimentarse de él. Como resultado, ninguna de las dos ramas de la tribu pudo crecer lo suficiente para superar a la otra en dos largos siglos.
            Otra anécdota curiosa tiene que ver con la época medieval del reino de Sanstochia (antecedente etimológico de Sanstotzka). Cuando el príncipe Stepheni volvía de la conquista del archipiélago descubrió que su hermano Godev había convencido a su enfermo padre, el rey, de que lo nombrara heredero. Sorprendentemente para las costumbres de la época, no cogió su espada y abrió en canal a su hermano, pero actuó deprisa de todos modos. Siendo, a pesar de todo, su hijo más querido y digno de confianza, el príncipe fingió hacerse cargo de los cuidados del monarca. Lo encerró en su cámara y prohibió la entrada a todos con el permiso de su padre, que creía felizmente que contaba con el perdón de su primogénito. No era así. El joven cometió regicidio, cortó  en pedazos el cuerpo y lo conservó con sal traída del archipiélago para luego servírselo a su hermano como cena cada noche. La farsa duró lo suficiente como para que Godev devorara sin saberlo más de la mitad del progenitor. En cuanto lo supo, el futuro rey ordenó encarcelar al parricida y preparar su ejecución. El príncipe no se inmutó, y espetó, con una sonrisa, que lo único importante era que «la venganza es un plato que se sirve caliente».