miércoles, 25 de diciembre de 2013

Pesadilla casi antes de navidad

   Hoy he soñado que estaba en un descampado entre mi facultad —no la facultad donde estudio, una distinta, irreal—. y una cafetería. Mirando desde lejos veía que en la cafetería había policías antidisturbios golpeando a los estudiantes. Yo decidía ir a mi facultad, y no sé si por llegar tarde o porque no vinieran a pegarme, iba corriendo. Mientras corría en un buen sprint parecía que el tiempo se ralentizaba y veía cómo mis piernas se desplazaban lentamente, supongo que debido a un subidón de adrenalina. Cuando estaba cerca de la puerta veía a otro chico corriendo hacia dentro y competíamos. Supongo que era un compañero de clase. Llegábamos casi a la vez a un ascensor muy grande —las paredes interiores de la facultad eran de piedra, de color verde oscuro, como de ruinas— y yo pulsaba el botón de algún piso superior. Una vez llegaba al piso, los dos corríamos hasta la clase y al entrar se acababa la diversión.

   Encontrábamos dos cadáveres ensangrentados y, tal como habíamos llegado, salíamos corriendo presas de un pánico horrible y de nauseas. Volvíamos al ascensor y pulsaba el botón de la planta baja. Me miraba las manos, me las había manchado de sangre de una forma u otra y se lo comentaba en voz alta a mi compañero. En cuanto llegábamos abajo, un asiático gordo, bajo, trajeado y con cara de mal humor subía al ascensor y pulsaba un botón para subir. No se lo impedíamos, no sé por qué. Yo le decía a gritos “No hemos visto nada, no hemos visto nada.” Pero él iba a lo suyo y lanzaba un puñetazo a la cara de mi compañero a la vez que, con la otra mano, le cortaba con una tira blanca de plástico que debía estar muy afilada —creo que estaba serrada. Es un sueño, no os esperéis gran realismo— y mi compañero quedaba en el suelo, desangrándose. El hombre se me acercaba y yo le agarraba por la muñeca, impidiéndole cortarme. Tenía tanta fuerza como yo, por suerte. Con la otra mano se sacaba una pistola del traje y yo, con mi mano libre, la agarraba y la intentaba apuntar hacia él. La conseguía apuntar a su nariz y disparaba. Y no salía una bala, no, sino una especie de púa de plástico que se le introducía por la nariz pero no le llegaba a matar.

   Acabé consiguiendo forcejear para cortarle con el plástico hasta matarlo, pero estaba tan asustado que le seguía cortando como un sociópata. Al poco después me levantaba del suelo, todavía en pánico, y salía corriendo para alejarme de aquel infierno.


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   Y voy yo y me despierto empapado en sudor a las nueve de la mañana del día de navidad. Un fuerte viento tira de uno de los toldos del patio, haciéndome creer que un temporal causa estragos. Hace tiempo que no sueño y recuerdo cosas bonitas. Me gustaría, de verdad, despertarme habiendo soñado algo bonito que me alegre la mañana. Aysh.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Redacción en catalán

Esta es una redacción que escribí para catalán. Estoy satisfecho con el resultado, creo que quedó bastante bien a pesar del límite de trescientas palabras que me obligó a recortar.

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  Un dia qualsevol, mentre preparava unes crispetes a la cuina, el meu company de pis em va fer anar corrents a la sala d’estar per ensenyar-me el que feien a la tele. Era una notícia d’última hora: el president deia que estava tip de governar-nos i que convocava eleccions. Però no s’acontentava amb això: ell mateix es presentava a les eleccions, i explicava que l’únic punt del seu programa electoral era portar la fi del món al país.

  Al principi em va estranyar, com és d’esperar, i ni m’ho vaig creure. Més tard, però, l’espectacle va tornar-se encara més interessant. Els partits de l’oposició, tossuts com ells mateixos, no havien volgut quedar-se enrere i havien ideat els seus propis programes centrats en el concepte de la fi del món. No permetrien que ningú que no fos ells mateixos es cobrís de glòria.

  A mi em va semblar tot una pantomima, un nou estratagema polític per captar l’interès dels ciutadans. Després, probablement el partit elegit instauraria una dictadura i engegaria a passeig l’estat del benestar. A continuació, explicarien que havia arribat la fi del món tal com el coneixíem i que allò era el que havien volgut dir des del principi. Vaig desconnectar.

  El matí després de les eleccions em va despertar el meu company per fer-me mirar per la finestra, i el que vaig veure sí que em va sorprendre. Havia arribat l’apocalipsi zombi i el caos regnava. El que m’empipava era que jo em trobava bé i no volia sofrir en vida cap apocalipsi. Vaig engegar la tele per veure què deien. Un comunicat especial de l’estat explicava que, havent heretat enormes deutes de l’anterior govern, només havien pogut pagar l’apocalipsi per al 90% de la població, i que la resta “s’ho haurien de fer ells mateixos”.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Otro sueño macabro

  Hoy he soñado que me subía a un autocar, supongo que yendo a la universidad. El vehículo, que estaba bastante vacío, no iba por el camino de siempre, y yo decidía ir hasta el conductor para preguntarle si este era el autocar correcto. Para mi sorpresa, no era otro que Berto Romero, con un bigote bastante poblado y un señor sentado en el asiento de la derecha conversando con él. Yo me reía pensando “coño, mira, una broma de cámara oculta”, pero no iban por ahí los tiros. No había broma, y el propio Berto lo decía, que había cogido ese autocar por motivos propios y no trabajando para el transporte. Se detenía en un pueblo con pinta de antiguo/medieval, allí en medio de una calle cualquiera, y a nadie parecía importarle. El hombre era bastante majo y le acompañaba cuando bajábamos del autocar. Yo ya me había olvidado de que tenía que ir a clase. Aquello era más interesante, supongo. 

 Berto me contaba que, de una forma curiosa que no recuerdo, había conocido el caso de un hombre accidentado cuya cara había quedado desfigurada (quedándole un agujero en la nariz, sobre todo), y que el caso le había conmovido tanto que había donado un dineral para arreglársela. No sé por qué, el señor accidentado estaba en este pueblo cualquiera, en lugar de en un hospital de ciudad bien equipado. 

 Berto iba a algún sitio y traía al accidentado para verlo conmigo. No sé por qué, estaban allí mi madre, mi tío y alguien más. Al humorista no le acompañaba ningún paciente en silla de ruedas, ni en muletas, ni nada. Traía un paquete envuelto en vendas… y sí, era un paquete del tamaño de una cabeza. Con total naturalidad, Berto desenvolvía al paciente y nos encontrábamos con que era una cabeza metida en una bolsa de plástico transparente, cerrada, por si lo dudáis. Sin sacarlo de la bolsa, evaluaba el aspecto del accidentado y le daba vueltas para mirarle el pelo o las orejas al mismo tiempo que decía “Oye, pues ha quedado muy bien, eh”. Para que la viéramos, le daba la cabeza a mi madre, y entre todos la comentaban “¡sí, sí, mira las mejillas, está como si no hubiera tenido un accidente ni nada!”. Mi madre, en su típico entusiasmo, me ponía la cabeza del afortunado de la cirugía en la cara, para que lo viera de cerca, y yo me apartaba porque, joder, era una cabeza. Al final la acababa cogiendo y la observaba. Estaba vivo, movía los ojos de un lado a otro, y su gesto molesto parecía decir “dejad de menearme ya, ¿no?”, porque hablar no hablaba, solo nos miraba.  

 En un momento dado, yo le veía el cuello y veía que no estaba vendado ni nada, que sangraba por ahí. Normal que estuviera en un bolsa, entonces. Pero la cara en sí era la de un tipo normal, no me creía que hubiera tenido ningún accidente. Al demostrar mis dudas, mi madre me señalaba la nariz y decía “pero mira que pequeña es la nariz, eso es porque se la han puesto nueva”.


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Y bueno, ahí no recuerdo más. Qué fantásticos sueños los míos, cuando los recuerdo.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Un sueño macabro

  Hoy he soñado que se me rompía la cabeza. A mí me parece bastante tétrico, aunque a alguno le hará gracia. Sin sangre, sin dolor, sin muerte inmediata. Por un motivo x, por magia, yo seguía vivo. Se me había partido por la mitad en horizontal, a la altura de la comisura de los labios, formando una grieta de oreja a oreja y por toda la nuca, como si se tratara de plástico barato o de arcilla seca. Y mi reacción era pensar dentro del sueño “¿Qué hago yo ahora?, no puedo ir por ahí con la cabeza rota. ¿Y si no tiene arreglo? ¿Y si no puedo hacer nada?”

  Estaba solo, en el comedor de casa. Me la sostenía con las dos manos y la apretaba levemente hacia abajo, como si creyera que encajándola bien en su sitio aguantaría más tiempo allí. Entonces se me caía, caía sobre el sofá y rebotaba hacia el suelo. Lo curioso de esto es que yo seguía viendo desde el punto donde deberían haber estado mis ojos encima de mi mandíbula inferior. Recogía rápidamente mi cabeza y observaba los daños. Se había roto la montura de las gafas. No era algo que te impidiera utilizarlas, pero las llevarías por ahí sabiendo que tarde o temprano se romperían del todo y tendrías un problema. O eso, o les ponías celo o cinta aislante y quedabas como un pobre o un tacaño a ojos de los demás. La cabeza en sí parecía estar bien, no me fijé mucho en eso, y me la puse de nuevo en su sitio después de limpiarla un poco (cómo te vas a dejar las venas llenas de polvo, por dios). Justo después, iba al recibidor y me miraba al espejo. Los golpes debían haber destrozado o deshecho del todo los nervios o venas que conectaran mi cabeza con mi cuerpo, porque mis labios se habían contorsionado incómodamente en una mueca paralizada muy desagradable.

  Una preocupación más. La gente no se espera que vayas por ahí con la cabeza rota, y mucho menos con los labios paralizados en un gesto feo que hace aún más evidente la grieta. ¿Cómo me iba a mirar nadie con esa cara? Hice el símil de cuando comes una manzana y se te cae al suelo, y rueda, y se llena de suciedad. La recoges y la examinas, es insalvable y ya no hay forma de comerla, y la tiras a una papelera. Pero, ¿cómo iba yo a tirar mi cabeza? Pensé que tenía que ir a un hospital, que de la misma forma que un móvil se puede reparar, los médicos me arreglarían la cabeza. Pero, ¿Y si por el camino se me volvía a caer y se rompía en pedazos? ¿Cómo llevaría en la mano tres trozos separados de mi cabeza? ¿Cuánto costaría arreglarla cuanto más deshecha estuviera?

A minha viagem

Esto es una redacción para la asignatura de portugués. Por mi desconocimiento de la lengua, primero la escribí en castellano y luego la traduje lo mejor que pude. El tema era describir un viaje, y se lo describí. Una redacción de tema libre es un tesoro para mí. Haces deberes a la vez que escribes una historia. El texto en sí no me parece nada del otro mundo, pero para algo que puedo postear, lo posteo.

Versión en portugués (o portonhol, como dice mi profesora)

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Uma longa e tradicional viagem

A minha viagem foi longa e árdua. Comecei cavalgando para o norte, atravessando as montanhas nevadas no sem esforço. Assim que cheguei ao outro lado, onde a gente falava outro idioma, cavalguei para o leste achegando-me à costa e evitando o maciço central, pois as zonas planas são mais fáceis de transitar.

Segui a costa, e segui-la e segui-la e cruzei outra cordilheira. Diante de mim se estendia uma planície para o leste. Lá a gente falava outro idioma distinto, frequentemente gesticulando um pouco. Atravessei a planura e cheguei ao mar. Ali, num porto, adquiri um pequeno barco a vela e deixei o meu cavalo em terra firme. O pequeno navio levou-me para o sudeste seguindo a costa. Não me atrevi a adentrar-me no mar, não contava com a ajuda de Deus, mesmo assim seguia o rumo. O tempo passou e segui navegando. Num dado momento virei para o leste, logo para o norte e nordeste e atravessei vários arquipélagos e um estreito numa cidade entre dois continentes. Chegando a um novo mar, virei para o leste novamente. Persisti até chegar ao final do mar, onde a costa ficava para o norte. Desembarquei num porto destacado no meu mapa.

Um homem me esperava lá, perto do cais, com dois cavalos. Levou-me ao pé da montanha, e guiou-me pelas sendas e passagens. Chegamos por fim num mosteiro que rasgava as nuvens. Um santuário de paz e meditação, e o fim da minha missão. Depois de muitas cerimoniosas apresentações no interior do antigo edifício, um monge levou-me ante um ancião de longa barba e minúsculos olhos que escrevia tranquilamente no seu escritório. Depois de mais reverencias com o velho senhor, o suposto sábio, pude entregar a carta pela qual fiz essa viagem. Examinou com muito interesse.

- O que é isto?! –Perguntou o idoso, assinalando um papelinho colado ao envelope.

- É um selo postal, o senhor. Um dos intermediários anteriores deveu pensar que era necessário. –Respondi com medo. Obviamente, não era um homem muito normal, depois da viagem que ele encarregou-me fazer. Talvez um melancólico homem saudoso de tempos mais simples?

- Não, não, não! Muito mal. Destrói o espírito da viagem, do seu encarrego. Destrói inclusive a mensagem em si mesma. Fora daqui, louco! Fora!

Foi expulso da habitação, mas não do mosteiro. Fizeram-me esperar umas horas para entregar-me duas cartas. Uma, a minha, e outra nova. Explicaram-me que o senhor escrevera uma carta de repreensão por não seguir o método que ele estabelecera, e que a devia entregar e voltar ao mosteiro para trazer a resposta do meu superior e a carta original, desta vez sem selo postal. Esperaram-me duas viagens mais. Comecei considerar a opção de pegar incógnito um avião.

Mi viaje

Esto es una redacción para la asignatura de portugués. Por mi desconocimiento de la lengua, primero la escribí en castellano y luego la traduje lo mejor que pude. El tema era describir un viaje, y se lo describí. Una redacción de tema libre es un tesoro para mí. Haces deberes a la vez que escribes una historia. El texto en sí no me parece nada del otro mundo, pero para algo que puedo postear, lo posteo.

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Mi viaje fue largo y arduo. Comenzó conmigo cabalgando hacia el norte, atravesando las montañas nevadas, no sin esfuerzo. Una vez al otro lado, donde la gente ya no hablaba mi idioma, cabalgué hacia el este acercándome a la costa y evitando el macizo central, pues las zonas llanas son más fáciles de transitar.

Seguí la costa, y la seguí y la seguí y crucé otra sierra. Delante de mí se extendía una extensa llanura donde la gente hablaba otro idioma, gesticulando a menudo. Atravesé la llanura, que se extendía hacia el este, hasta llegar al mar. En un puerto, adquirí un sencillo navío de vela y dejé en tierra a mi caballo. El pequeño barco me llevó hacia el sudeste siguiendo la costa. No me atreví a ir mar adentro, ¡que dios me salvara entonces de las tormentas! Pero aun así seguía mi rumbo. Pasó el tiempo y seguí navegando, con mucha suerte de cara al clima y de cara a los locales de cada zona, que no me causaron molestias. Llegado el momento, viré hacia el este, y atravesé varios archipiélagos y un estrecho dentro de una ciudad entre dos continentes. Llegando a un nuevo mar pasado este estrecho, seguí la línea de costa hacia el este hasta que esta giraba hacia el norte. Desembarqué allí en un puerto que había señalado en mi mapa.

Un hombre me esperaba cerca del embarcadero con dos caballos. No sé si me había visto llegar o si le habían ordenado esperar allí. Me llevó hasta el pie de las montañas, y allí me guió por senderos y pasos hasta un monasterio que rozaba las nubes. Un santuario de paz y meditación, y el fin de mi extraña misión. Tras varias presentaciones ceremoniosas en el interior del antiguo edificio, un monje me llevó ante un anciano de larga barba y ojos minúsculos, que escribía tranquilamente en un escritorio en una pequeña habitación. Tuve que arrodillarme ante el individuo, que se suponía que se creía un sabio digno de un gran respeto. Con su permiso, le entregué el sobre por el que había ido hasta allí, y él lo examinó.

- ¿Qué es esto? –Preguntó el viejo, muy alterado, señalando un adhesivo enganchado al sobre.

- Es el sello, mi señor. Un intermediario anterior a mí debió colocarlo creyendo que sería necesario. –Respondí con miedo. Era obvio que no era un hombre normal, después del viaje que me había encargado hacer. ¿Un hombre melancólico que añoraba tiempos más sencillos?

- ¡No, no, no! Eso está mal, destruye todo el espíritu de tu viaje, de tu encargo. Destruye hasta el mensaje en sí. ¡Fuera de aquí, loco! ¡Fuera!

Fui expulsado de la habitación, pero no del santuario. Me hicieron esperar horas sentado en un banco, solo para entregarme dos cartas. La que yo había traído, y otra. Me explicaron que el señor había escrito una carta de reprimenda para mi superior por no seguir el método que había establecido, y que debía entregarla y volver hasta el santuario para entregar la respuesta de mi superior y la carta original, esta vez sin sello. Me esperaban dos viajes más. Comencé a considerar la opción de tomar un avión de incógnito.