domingo, 12 de mayo de 2013

LIBRO NEGRO



En un momento preexámenes que me ha querido llevar a la locura desesperación, he acabado cediendo a la presión creativa. Era imposible seguir estudiando sin expresar de alguna forma lo que sentía. Esto no me hará aprobar, ni de lejos, pero por lo menos me siento un poco mejor y es posible que ahora pueda centrarme en estudiar por mucho que crea que el resultado será negativo.



LIBRO NEGRO

Hay un libro encima de mi escritorio. La cubierta tiene un fondo de color negro. En el centro y de lado a lado, de forma panorámica, hay una ilustración. Una imagen que describe de forma orientativa el tema del que trata el libro. Sobre la imagen hay un título, y también salen en esta cubierta el nombre de la editorial, el curso al que se destina y los varios autores, aunque yo no estaría muy orgulloso de haber escrito un libro así.

No siempre trabajo con este libro. En ocasiones utilizo mi ordenador, que está sobre el mismo escritorio, o veo la televisión, o salgo con mis amigos.

Haga lo que haga, sé que tarde o temprano volveré a verlo. Su contenido es vasto y diverso. Lento y sin pausa, constante, imparable, asfixiante, absorbes los conocimientos, los tragas, los intentas digerir. Quieres parar para respirar, pero debes tragar más.

El reloj también está ahí, ya sea sobre el escritorio o abrazado a tu muñeca. Es como el libro, no te piensa soltar, y constantemente oirás su compás. Es un ritmo sin freno. Es ley, está firmado, no hay quien lo cambie. Suena, suena y suena. Y a cada segundo que pasa, crece la emergencia.

En ocasiones sueño que enfermo. Me han de hospitalizar y hallo mi descanso en el obligatorio reposo físico y mental. No se me ocurre pensar en los inconvenientes de la enfermedad. La paz interior cura mi alma.

En otras ocasiones sueño que avanzo muy deprisa. Sea caminando o corriendo, avanzo en la negrura. En mi trayectoria, por desgracia, veo acercarse en la lejanía un muro blanco. Es grueso, alto, resistente e imparable. No tengo tiempo de saltar o de rodearlo, ambos nos movemos demasiado deprisa y veo como se acerca el gran impacto. ¿Quizá deba tragarlo, como hago con las palabras?

Estoy sentado ante mi escritorio. Ante mí está el libro. Ignorando mis terrores personales, lo abro para obrar una vez más mi trabajo. Del libro abierto emerge una gran garra negra, sostenida por una fina y raquítica extremidad. La mano rodea mi cabeza con sus retorcidos dedos, y en un parpadeo vuelo por la habitación.

Sin soltarme, me agita como un látigo a una velocidad frenética. Son tantos los golpes y tan rápidos, que no puedo sentir dolor, solo choques. Golpeo mi cama, choco contra el techo, me doblo contra el canto del armario, me desdoblo contra el suelo, rompo la ventana. Se doblan mis piernas, se comban mis brazos y se rompen mis huesos. Termino en el suelo, hecho una masa uniforme de carne, sangre y astillas de hueso.

Entonces me despierto, y al dirigir la mirada hacia el escritorio, veo el libro negro.