sábado, 9 de marzo de 2013

Ab Intra



Bueno, este es un relato que se me ocurrió hace dos semanas o más. Al empezarlo creí que tardaría un par de días en hacerlo, pero en mi mente no estaba bien medido y cuanto más escribía más veía que aquello no se acababa. Mirando mi propio texto, creo que para mí mola porque lo entiendo, tiene que ver con una forma de ver las cosas que adopto de vez en cuando. Aún y así, entiendo que no tiene por qué entenderse, así que para quien lo lea puede ser un relato raro o sin sentido, además de quizá un coñazo... Espero que a nadie le parezca aburrido pero todo cabe en un texto así. 

Hacía un año que no escribía nada, pero mantengo mi única exigencia para con mis lectores: por favor, dadme vuestra opinión, sea buena o mala. Las críticas son bienvenidas aunque entiendo que da mucha pereza pensar en qué decir xD

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Ab Intra

La última sala que habíamos atravesado era gigantesca. Los muros alcanzaban tal altura que de haber un techo, este no era visible desde el suelo. No recordaba haber visto ninguna fuente de luz de ninguna clase: esta simplemente estaba allí, más presente cuanto más te acercabas a tu destino. Se podría haber comparado con una niebla luminosa, pero que no te impedía ver lo que había a tu alrededor. Todo lo que había visto era ostentoso, esplendido, elegante y antiguo, aunque perfectamente conservado. Pulidas paredes de mármol negro habrían reflejado mi rostro de haberme acercado a ellas. Metros más arriba, por encima de un ornamentado relieve que marcaba el límite entre los dos colores, los muros relucían con blanco fulgor y reflejaban la luz que no venía de ninguna parte.

En cuanto llegamos al final de la sala, que más bien me estaba pareciendo un corredor, me maravillé una vez más ante lo que veía, pues dejaba todas mis anteriores visiones a la altura de lo ridículo, de lo irrisorio.  Me encontraba ante dos enormes puertas en cuya elaboración no se había escatimado esfuerzo ni talento.

Una, a mi izquierda, centelleaba de forma moderada con el color de la plata. El desmedido portón estaba flanqueado por dos pilares cuidadosamente decorados, como si un maestro de la forja, de la escultura o de la mismísima alquimia hubiera tallado en la plata pura los contornos y relieves que le daban esa elegante, indiferente y sobria apariencia. El mismo aspecto mostraba el dintel, igual que los escalones y  el portón en sí.

La otra puerta, a mi derecha, no era para menos. Su fulgor era dorado y flameante, y sus contornos ondulaban y se retorcían. Tanto los bordes como los relieves, ya fuera del dintel o de los pilares, sobresalían de la superficie y formaban espirales, y se enroscaban, y se expandían más allá de los escalones como raíces en busca de tierra fértil... Quién sabe si lo eran en realidad, pues el conjunto en sí parecía tener vida propia. Y todo el tiempo que observé la puerta lo hice con gran curiosidad y, en parte, no era mía toda la voluntad que me impelía a observarla.

Más tarde, cuando me hube desencantado, consideré la posibilidad de que la puerta tuviera vida propia, y demandara mi atención y admiración. Fue cuando mi acompañante se acercó a la puerta dorada, cuando me percaté de la extraña orientación de ambas entradas. Ocupaban lados opuestos del mismo muro, y este sobresalía hacia fuera como si quisiera formar una V, de modo que las dos puertas miraban en direcciones opuestas: una hacia mi izquierda, y la otra hacia mi derecha. Llegué a la sencilla, aunque absurda deducción de que las dos puertas se evitaban la una a la otra.

El que era mi guía, un hombre curtido que pasaba los cuarenta años y ya conocía las canas y la calvicie, se detuvo delante de la entrada de oro y la observó unos pocos segundos. No debía ser la primera vez que la veía, porque su rostro no expresaba para nada sorpresa.

Giró la cabeza hacia mí y me habló con aquella serena sonrisa en sus labios, la sonrisa de quien parece entender el chiste de la vida.

- Entraremos por aquí, ya estamos muy cerca de nuestro destino.

- ¿Cómo entraremos? No veo ninguna cerradura. -Me planté delante de la puerta, junto a él. Debía medir unos dos metros de ancho y unos cuantos más de alto. No era la puerta más grande que había visto nunca, pero me pareció obvio que no estaba hecha para ser grande.

- No es tan sencillo... o tan complicado. Acércate, y decidirá si debe abrirse o no.

Por un breve momento, pensé que bromeaba. Pero no bromeaba, en aquel lugar las cosas funcionaban de otra forma: más sencillo, o más complicado. Todo dependía de cómo lo mirases, y yo ya lo había comprobado. Como me había dicho, comencé a subir los amplios y lisos escalones de oro. Lo hice con lentitud, con precaución. Sabía que no debía apresurarme. Nadie te ama si le saltas encima la primera vez que lo ves.

Me detuve a medio camino, a una distancia adecuada en mi opinión, y miré el portal lleno de dudas. Pasaron diez segundos antes de que la puerta crujiera para abrirse. Fue un sonido estruendoso al principio, y parecía que iba a ir en aumento cuando dejó de sonar, a la vez que las puertas se abrían lenta y suavemente.

No vi mucho tras el umbral. Una completa oscuridad, una leve neblina, y dos paredes del mismo negro.  Mi amigo subió los escalones hasta quedar a mi lado y observó la negrura.

- Ya hemos pasado por esto antes: es desorientador, confuso, y puede incluso llegar a provocar miedo o dolor. -A pesar de lo obscuro de sus palabras, su sonrisa permanecía impasible. Con alguien así, era difícil tener miedo.- El trayecto es sencillo, aunque pueda no parecerlo. No te confundas, no te dejes engañar ni te duermas en los laureles.

- Haces que suene más complicado de lo que es. -La respuesta me salió de dentro, y cuando me quise dar cuenta había sonado como alguien prepotente o vanidoso.

- A eso me refiero con no dormirse en los laureles. La experiencia no cambia nada. Cualquier viejo cazador puede perderse en su más amistoso bosque alguna vez. -Su expresión se había vuelto recia por un momento, aunque no duró mucho. Suspiró con fuerza y se encaró a la oscuridad.- Nos veremos al otro lado.

Sin dudar ni un instante, se adentró en la oscuridad, y antes de llegar a los cuatro metros de distancia, la neblinosa negrura ya lo había cubierto y estaba fuera de mi campo de visión.

Me distraje durante un momento, llevado por la curiosidad. Me quité un guante y posé una mano sobre la superficie áurea de la puerta abierta. Estaba caliente, como un ser vivo. Moví un poco la mano por la puerta, intentando hacerlo con afecto y calma. Fue entonces cuando percibí movimiento por el rabillo del ojo. Me giré y clavé la mirada en las "raíces" que sobresalían de la puerta. ¿Se habían movido, o había sido mi imaginación? Jamás sabré si la puerta quería defenderse, responder a mi gesto, o si no había reaccionado, porque no me paré a investigar. Me adentré en la oscuridad con paso firme, en ocasiones más vale olvidar la curiosidad, por el bien propio.

No sabría decir cuánto tiempo pasé en el túnel. Cuánto caminé, cuánto viví, cuánto lloré y cuánto reí. A pesar de la inmensa laguna que cubre mi recuerdo, es innegable que en aquel periodo seguí viviendo. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con quién? No son preguntas que conozcan respuesta en asuntos como los que tratamos. Al por qué solo conocen respuesta los sabios que se atreven a especular, y yo no soy tal. He de decir, en mi defensa, que es muy común no recordar los sucesos de estos periodos.

Una vez en el otro lado, me encontré en una sala aún más grande que la anterior, aquella de las puertas. En esta reinaban los grises. Las paredes rememoraban el negro mármol, pero habían perdido su color y brillo, asemejando antigüedad o abandono, y se habían vuelto de un gris apagado. El suelo era de pálidas baldosas irregulares, y ante mí, alzando la vista, encontré la mayor biblioteca que jamás había visto. Hileras e hileras de altísimas estanterías hasta donde alcanzaba la vista, de izquierda a derecha. El lado del gran recinto en el que me encontraba estaba bastante oscuro. Toda la luz venía del otro lado de la sala, a través de todas las librerías, y era una luz inmensa. No me pareció posible que al recinto le faltara una pared, así que pensé que quizá la luz vendría de grandes ventanales. Lo que más me llamó la atención, de forma innegable, fueron los murmullos que me pareció oír.

Mi viejo guía me esperaba casi enfrente de la salida del túnel (que por cierto era mucho más sencilla que la entrada), y me saludó amistosamente nada más verme.

- ¿Has tenido un buen viaje?

- Sí. No. -Me corregí. Me olvidé de los murmullos casi al instante, aunque despertaran gran curiosidad en mí.- No lo sé. ¿Debería recordarlo?

- No es lo normal. En todo caso, de haber sido un mal viaje, lo sabrías.

Sin darle más importancia al tema, comenzó a caminar paralelamente a la pared, observando los pasillos de estanterías como si buscara uno en concreto.

- Esta zona... ¿Es más antigua que las otras?

- No necesariamente, pero no sé por qué motivo se encuentra en este estado. Mi teoría es que, al funcionar de dentro para fuera y no a la inversa, el orden, la pulcritud y demás se consideran innecesarios. Este lugar no está hecho para ser recorrido. Aunque eso no significa que los otros lugares sí que lo estén... De modo que no tengo ni idea.

Se adentró en uno de los pasillos y comenzó a avanzar acelerando el paso. Aún y así, era bastante lento y calmado. Saliendo de mi despiste, me dispuse a ojear los lomos de los libros guiado por la curiosidad. A aquellas alturas, nada debería haberme sorprendido, pero como mi acompañante me había dicho al comenzar el viaje, aquel lugar estaba repleto de sorpresas.

Las estanterías no estaban repletas de libros, no señor. A lo largo de cada estante, separados cada uno por la misma escrupulosa distancia, una infinidad de corazones embotellados "decoraban" toda la biblioteca. O así lo habría llamado un momento antes de tal descubrimiento, después ya no sabía qué pensar.

Los corazones descansaban en frascos llenos de lo que parecía ser agua, y parecían bastante "sanos", aunque no latían. Daban la impresión de ser estáticos, de haberse parado en el tiempo.

- Extraño, ¿verdad? -Mi compañero se había detenido al ver que yo me había quedado paralizado por la sorpresa.- No es peligroso, pero por si acaso no los toques. No son tuyos, al fin y al cabo.

- Me dijiste que este viaje me ayudaría a entender las cosas y que resolvería grandes incógnitas. De momento no has hecho más que bañarme en lagunas de confusión. Cada una más grande y más profunda que la anterior. -No hablaba con descontento, si no con frustración. Quería entender. Quería saber. De verás que quería.

Se giró y continuó caminando. Lento, pero sin pausa.

- Creo que el mejor comienzo para entender algo, es verlo. En este caso, entender es un objetivo desmesuradamente ambicioso para cualquiera. -Giró hacia la derecha y comenzamos a caminar por un pasillo central.- También puede ser absurdo. ¿Podemos entender algo por completo? ¿Conocer y comprender el sentido de un objeto, del recuerdo de un objeto, o de una idea?

- En cualquier caso. -Le corté premeditadamente.- Me gustaría estar menos confuso.

Me volví a dar cuenta entonces de lo que me rodeaba. No me refiero a las estanterías, o a los corazones enfrascados. Exceptuando la voz de mi guía, a mi alrededor reinaba un silencio absoluto.

Esto habría sido muy normal, quizá reconfortante incluso, de no ser por los murmullos. Mis oídos me decían que la "biblioteca" estaba en silencio, yo estaba convencidísimo de ello. Sin embargo, oía los murmullos. Más bien, lo debería llamar el murmullo, el conjunto de los miles de susurros que no sonaban precisamente al unísono, si no que creaban un gran caos, como si amplificaras el sonido que crean mil relojes de arena al mismo tiempo. En otro tiempo, me habría convencido de que era mi imaginación, y de ceder, habría pensado que me había vuelto loco. Pero en aquel momento era diferente. Sabía que no estaba loco, sabía que había silencio, y sabía que oía susurros. ¿Hablaban los corazones? ¿Narraban sus vidas? ¿Dictaban sus emociones y sentimientos? No lo supe, no lo sé, y no quiero saberlo. Solo de recordarlo, me entra un ligero dolor de cabeza que puede ir en aumento si persisto. Mi conductor tenía razón: aquel lugar no estaba hecho para ser recorrido, y podría añadir que el ser humano no está hecho para recorrerlo de la forma en que nosotros lo hacíamos.

Volviendo a la historia, mi despiste había sido notable, y si mi guía había respondido, yo no había prestado ninguna atención. Seguimos caminando hasta llegar al otro lado, por cuyas paredes entraba la luz a través de grandísimos ventanales. Por mucho que me esforcé, no conseguí ver nada al otro lado de los altos y luminosos cristales, ni siquiera el cielo. Seguimos caminando junto a la pared, dejando atrás decenas de hileras de estanterías. Llegué a considerar la idea de que fueran infinitas.

 Al fin llegamos a lo que parecía ser un altar sobre un podio de unos pocos escalones. Encima del altar había un simple caldero, y nada más. Me pregunté entonces cómo sería ver un mapa de la zona, si habrían otros puntos interesantes como este por allí dispersos.

Mi compañero se acercó al caldero, que para mi sorpresa no estaba decorado, ni ornamentado, ni forjado con materiales preciosos. Reducida la distancia entre él y el recipiente, el interior de este emitió un tenue brillo azul. Se agachó y miró debajo del altar, y extrajo un bastón y algunas cucharas. Subí los escalones y observé el contenido del caldero. Era un espeso líquido azul, para nada transparente, que de vez en cuando emitía deslumbrantes luces azules. Mi guía parecía dispuesto a preparar un potaje.

- ¿Es hora de cocinar? -Pregunté con un deje de broma, obviando todas las incógnitas que me surgían a cada momento que pasaba.

- Algo parecido. Tú también tienes que hacer tu parte. -Mientras hablaba, no dejaba de observar las herramientas culinarias, y miraba al caldero y de nuevo a las herramientas como si mantuviera una silenciosa conversación preparativa.- Tienes que traer tu corazón, lo necesitamos para obtener las respuestas.

- Supongo que te refieres a encontrar mi corazón entre los miles de corazones que hay en esta sala, ¿no?

- Exacto.

- Porque quizá sería más fácil arrancarme el corazón durante un rato y hacer lo que haga falta, y después devolvérmelo. -No recuerdo si lo dije en serio o si ridiculizaba la situación, supongo que un poco de ambas cosas.

- No, no funcionaría. Además, no encuentro nada cortante entre estos utensilios de cocina, así que sería muy aparatoso.

Me giré hacia la inmensa biblioteca de corazones, pensativo, sin tener ni idea de cómo iba a localizar mi corazón. Mi cocinero, que ya había comenzado a juguetear con el contenido del caldero con el bastón, debió darse cuenta, en el silencio, de mi problema.

- Simplemente comienza a caminar. Este no es lugar para la razón, si no para el corazón.

Como si hubiera predicado una sentencia que se explicaba por sí misma, volvió a concentrarse en el sencillo caldero y su contenido. ¿Por qué iba yo a molestarme en contradecirle? Me adentré en el pasillo más cercano y comencé a deambular sin rumbo alguno, mirando los corazones como quien va de compras y no se decide.

No sé explicar cómo sucedió, pero es cierto que mientras caminaba, mientras atravesaba pasillos y decidía si girarme hacia derecha o izquierda, mi percepción fue aumentando de forma extraña.

En un momento dado, una rara incomodidad comenzó a crecer más y más en el interior de mi pecho. Al principio no supe entender lo que sucedía. Tenía un plan de recorrido, aún y así, y pretendía ir hacia la izquierda todo el tiempo. Llegué a dar tantas vueltas, que terminé dándome cuenta de que si me detenía, la sensación dejaba de crecer. Y si me giraba y caminaba en la otra dirección, la irritación disminuía. ¿Cómo mantuve el sentido de la orientación? No lo sé, creo que ni siquiera lo logré, y al final solo supe orientarme por esta sensación de incomodidad. Cuando hube caminado en la misma dirección durante un largo trecho, me di cuenta de que la incomodidad comenzaba a ser sustituida por una extraña satisfacción o gozo en el mismo lugar donde antes había sufrido aquella sensación negativa.

Cansado de aquella emoción que embriagaba mi interior de forma tan real, pero que yo consideraba antinatural e indeseada, llegué al lugar donde estaba el que al instante supe que era mi corazón.

Era uno como cualquier otro, depositado en su frasco en uno de los estantes de altura media, a mi alcance. Me detuve unos segundos para observarlo con curiosidad. Era mi corazón, y yo lo sabía. Pero no estaba dentro de mí, en su sitio, si no en una anchísima botella tapada. Me cansé de mirar mi estático órgano vital y cogí la botella con las dos manos, para levantarlo y llevármelo.

Fue inmensa mi sorpresa, pero nada más cogerlo, un agudo estrépito resonó en el mismo lugar donde había reposado el frasco. Fue como si encima del recipiente de corazones hubiera descansado un conjunto de finos cristales cuyo sonido de destrozo indicaba delicadeza. Obviamente, estos cristales habían sido invisibles, porque yo no vi nada.

Valga la redundancia, mayor fue mi sorpresa cuando el bote que contenía mi corazón se hizo pedazos en mis manos. No es que lo apretara demasiado fuerte, ni que estuviera en mal estado. Su forma, el cristal del que estaba hecho, cambió ante mis ojos y se deshizo en varios trozos que caían al suelo como si hubiera intentado sostener un pastel entero con una insignificante cuchara. El liquido que rodeaba el corazón también cayó, aunque ahora que era libre, se asemejaba más a un fino y translúcido polvo. En cuanto a los cristales, ni me habían cortado ni se habían molestado en caer al suelo a una velocidad concordante con las típicas gravedades. Lo más apabullante fue que cuando llegaron al suelo, en el que se formaba un charco con el polvo que contenía el frasco, comenzaron a derretirse como si de hielo se tratara.

Consideré que presenciar aquel abstracto desarrollo de acontecimientos no podía ser bueno para mi cordura y me alejé del lugar. Mientras caminaba hacia adelante, sin molestarme en pensar en orientarme, observé el objeto que sostenía en mis manos.

No había cambiado, era mi corazón. Parecía más pequeño ahora que lo sostenía en mis manos. Emitía un leve calor, y había comenzado a latir lentamente al entrar en contacto conmigo. Por mucho que me resistiera, noté que aquel familiar artefacto influía en mi ser. Cuanto más tiempo lo llevaba en mis manos, cuanto más lo miraba, más despertaba mis sentimientos y los amplificaba, lo cual, para mí, fue molesto.

Los sentimientos son esenciales, primarios, imprescindibles... Todos bebemos agua, ¿verdad? Bueno, no sé a vosotros, pero a mí no me gusta tragar cinco litros sin poder pararme a respirar. Y si hablamos de distintos tipos de bebida, todos mezclados en grandes cantidades e introducidos a la vez...

Me acordé entonces de cierta leyenda. Aquella que hablaba de un hombre traicionado y lleno de dolor. Aquel ser desgraciado, incapaz de sobrellevar su pena, se arrancó el corazón, lo encerró en un cofre y lo enterró, para después alejarse todo lo posible de sus sentimientos.

En mi situación, la idea de arrojar mi corazón lo más lejos posible resultaba muy tentadora. No tuve tiempo a ceder a dicho pensamiento, porque en cuanto alcé la vista hacia adelante, vi que me encontraba ante el altar del caldero, donde me esperaba mi chef, de espaldas a mí mientras batía el contenido del caldero con el bastón.

Debió oírme venir, porque se giró y se apartó hacia un lado, invitándome a acercarme al caldero, siempre con su amable sonrisa en el rostro. Subí los escalones del podio, sosteniendo mi trofeo.

- Fácil, ¿verdad? -Su sonrisa se ensanchó.

- Fácil, aunque desafiante de cara a las leyes de la lógica. ¿Podemos darnos prisa? Quiero...

- Es tu propio corazón, ¿tan incómodo estás? -Me interrumpió.

- Se podría decir así, sí.

- Échalo al caldero, entonces. -Me acerqué al caldero con ansia.- Quiero decir que lo sumerjas, con suavidad.

Hice como él me indicó, y lo dejé caer lentamente de mis manos al líquido azul. En cuanto tocó el caldo, provocó una onda que cambió el color del líquido, volviéndolo rojo. De un rojo muy cálido y vivo, no oscuro como el de la sangre. Refulgía con fuerza y no era para nada transparente, así que ya no veía mi corazón. El alquimista se apresuró a remover el contenido del caldero con aquel bastón que algún día se había asemejado a un cucharón.

En el ámbito emocional, me sentí aliviado por deshacerme de todo lo que conllevaba aquella carga. Ahora que lo pienso, puede parecer muy raro lo de cocinar tu propio corazón, pero a estas alturas ya nada te sorprende.

- En este lugar... ¿no hay un bibliotecario, o algo parecido? ¿Un guardián? -Le pregunté, acordándome de las miles de preguntas que todavía me acechaban.

- Al guardián ya lo conoces, se abrió ante ti. Su función es esa, un guardián infalible que ve a través de cualquier ser para averiguar sus intenciones, para saber si puede dejarlo pasar.

- Entiendo, pero...

- Puedes tomarte como un cumplido el hecho de estar aquí. Esa puerta no se abre ante cualquiera.

Cogió un cucharón (este se conservaba en mejor estado) y lo hundió en el caldero.

- Con esto, lo resolverás.

Extrajo el cucharón del caldero, llevándose una parte del liquido rojo y ofreciéndomelo.

- ¿Qué resolveré? -De forma inconsciente, fingí confusión, aunque en el fondo lo sabía.- Aún tengo muchas preguntas sobre este lugar. -A pesar de ser una involuntaria excusa para retrasarlo, era verdad. A lo largo del viaje, mis preguntas se habían multiplicado. Solo tenía una pregunta al comenzarlo, y en aquel momento...

- Sabes que todas tus preguntas, excepto una, son fruto de la curiosidad. Estas no importan, pero la otra... Puedes resolver tu duda ahora mismo, disipar las tinieblas que te confunden. -No pensaba dar lugar a la duda. Mi mentor, sonriente y cortante, sabía lo que yo quería, y me animaba a hacerlo.

- ¿En qué me ayudará este guiso tuyo? ¿Tomármelo va a cambiar algo? -No puedo negarlo, tenía miedo. La verdad puede dar miedo.

- Buscabas la respuesta, amigo. Estás a un sorbo de la verdad.

Tuve dudas. Miles de razonamientos, argumentos, ideas, pensamientos, volaron por mi cabeza.

 Al final, movido por algo que no identifiqué y sin pensar, tomé el cucharón de la mano de mi guía y me lo llevé a la boca. Estaba caliente, en el punto exacto en que quieres que esté la leche del desayuno de invierno. Y el sabor... ¿a qué saben las respuestas?

 Tragué, y esperé, y esperé, con la mirada perdida, mirando en mi revolucionado interior.

- No lo entiendo. -Miles de emociones habían invadido mi ser, y la sobrecarga humedeció mis ojos. Respuestas por doquier, tanta información entrante en un solo trago. No supe ver si la respuesta era buena o si era mala, podía estar llorando por alegría o por tristeza.

- Es reciente, solo necesitas tiempo para asimilarlo.