miércoles, 29 de agosto de 2012

Crónicas de Saito - Historia abandonada



Crónicas de Saito
  Cualquiera que me viera me observaría con curiosidad y fascinación. ¿Cómo es posible que un hombre haya recibido tantas heridas y siga vivo? Para ser sincero, yo mismo me lo pregunto. No son heridas, obviamente; hablo de cicatrices. Algunas espantosas, otras más pequeñas… Muchas cicatrices.

  Una cosa está clara: tiene relación con mi mala fortuna, con el odio e ira que inspiro a los dioses sin razón alguna, y por mi violenta naturaleza. Hay un ejemplo bastante bueno que ya he contado a mucha gente... Hace una década, en mi juventud, cometí el sutil error de meterme en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sin darme cuenta, sin haberle deseado ningún mal a nadie ni haber incumplido la ley, me vi atado y amordazado en un húmedo y oscuro sótano. Se suponía que había visto algo que no debía ver, y alguien maligno había decidido deshacerse de mí regalándome a algún demente fanático de la tortura, uno de sus vasallos, probablemente.

  En aquel entonces yo todavía era joven. Conocía el manejo de las armas, ¿Quién no en aquellos tiempos de guerra y pobreza? Pero ese conocimiento era el límite de mi habilidad guerrera. No creía tener la voluntad ni la fuerza de un guerrero. Ni siquiera el coraje para dejar de llorar en aquella oscuridad. En cualquier caso, un sentimiento de supervivencia y de superación emergió de las profundidades de mi ser. Dejé de llorar, era contra producente y ya había sollozado bastante. Comencé a enfocar mis sentimientos a los hombres que me habían encerrado allí dentro, al extraño ser que me golpeaba y fustigaba a diario con herramientas cuya existencia había desconocido hasta aquel momento. Me propuse con pasmante facilidad liberarme de mis ataduras y salir de allí. En aquel momento no había nadie en la cámara en la que me encontraba, y la oscuridad lo envolvía básicamente todo, pero eso no me detuvo.

  A base de retorcerme y estirarme (con mucho dolor de por medio), logré romper las ya deterioradas cuerdas que ceñían mis muñecas a las patas traseras de la silla en la que estaba sentado. Me había encontrado sujeto con las mismas ataduras desde el primer día, y desde entonces no recordaba que me hubieran desatado para cambiarme las cuerdas, por lo que estas estaban destrozadas debido a la descontrolada tortura. Una vez en pie intenté orientarme en la reinante oscuridad. Recordaba que el individuo siempre daba alrededor de diez pasos hasta alcanzar la puerta, y que esta estaba aproximadamente delante de él.

  Comencé a caminar cargado de miedo. Un miedo tan inmenso que me habría paralizado en cualquier situación que no indicase tan evidentemente lo cerca que estaba mi muerte. El suelo estaba frío. Por suerte no tenía heridas en los pies por lo que pude caminar descalzo con decente normalidad. Tras dar unos pocos pasos tropecé con algo, una mesa, probablemente. Mantuve el equilibrio y la mesa, que parecía pequeña, también lo hizo. Pero alguno de los objetos metálicos depositados sobre ella cayeron al suelo y repiquetearon estridentemente produciendo un doloroso eco en mi magullada cabeza. Es probable que el ruido no fuera de tal magnitud como yo creí, pero debía actuar y moverme, por que si alguien lo había oído, vendría a comprobarlo. Caminé apresurada y cuidadosamente hacia donde creía que estaba la pared y me la encontré antes de tiempo, casi dándome de bruces. Tuve la suerte de, al mismo tiempo, darme cuenta de que el suelo no estaba limpio ni pavimentado. Ignoré todas las curiosidades que eso pudiera implicar y me acuclillé para buscar una piedra que pudiera utilizar en mi defensa. Tras unos segundos de palpar el piso, encontré una piedra del tamaño adecuado para mis manos y la agarré con todas mis fuerzas.

  Mis temores se vieron confirmados cuando la gruesa puerta comenzó a abrirse hacia dentro de la sala. La puerta me cubrió, pues yo estaba casi tras ella, junto a la pared. Debido a esto, la luz invadió gran parte de la cámara sin delatarme. Alguien, o algo, cruzó el umbral con lentitud a la vez que el miedo invadía mi cuerpo como un veneno paralizante. Comencé a pensar que iba a morir allí o que me capturarían y seguirían torturándome. Por suerte, no tardé en volver a canalizar el odio y la ira hacia mis captores… Me incorporé tan discretamente como pude mientras el individuo se adentraba en la sala. Invertí unos valiosísimos segundos en observar sus vestiduras… Iba completamente cubierto por una capa o vestido negro que abarcaba su espalda, y su cabeza se veía también rodeada por una capucha. Volví a pensar en lo importante: actuar. Aquel ser se detuvo delante de la silla donde yo debía estar, como si observase y estudiase la ausencia de algo indispensable. La luz había hecho visible el curioso mobiliario, pero no me pude permitir distraerme observando el lugar. Avancé hacia él tan sigilosamente como pude, si deseaba huir, debía dejar inconsciente al visitante. Sin darme cuenta, el tiempo pareció ralentizarse. Tardé años en dar cada paso, esperando e intentando leer en la mente de mi objetivo si me había detectado o no mientras me acercaba cada vez más. Cuando estuve a poco más de un metro del individuo, comencé a estirar mi brazo derecho, preparado para golpear. La extensión de mi brazo se deslizó como un perezoso astro que orbita lentamente alrededor de un agujero negro. Incluso mi corazón quedó silenciado por completo cuando el tiempo terminó de detenerse.

  Entonces, lejos de todas mis optimistas previsiones, el encapuchado comenzó a girarse. Su capa, deslizándose por el aire como una espada que corta el viento, rompió el silencio y quebrantó la ensoñación en la que parecía sumirme aquel eterno momento. Quedó quieto en frente de mi achantado ser y mi sombra se proyectó sobre él. Toda la negrura del interior de su capucha se dirigió a mí como si el mismísimo abismo me devolviera la mirada con tal de arrebatarme la cordura.

  Entonces, lo poco que quedaba de aquel imperecedero instante terminó, y mi brazo descendió velozmente de derecha a izquierda, describiendo el arco como yo lo deseaba. La piedra que yo empuñaba dio la cuestionable impresión de golpear algo dentro del capuz sin producir ni siquiera un sonido llamativo o descriptivo. Ese algo, que debía ser la cara, siguió la inercia del golpe y giró hacia la derecha. Todo su cuerpo se movió en la misma dirección, cayendo hacia atrás seguido por las largas extensiones de su capa, como el polvo que se levanta y se desvanece tras el derrumbamiento de un viejo edificio.

Permanecí inmóvil. Allí, de pie, observando la figura caída de un ente cubierto de ropas negras. Mis músculos se relajaron al desvanecerse una parte del miedo que me invadía.  Y a la vez, otros sentimientos me atacaron. ¿Quién o qué era ese individuo? Podía quitarle la capucha y resolver la incógnita, sacrificando apenas unos segundos de tiempo… Quizá incluso eso me proporcionaría una vital información que más tarde me salvaría la vida. O quizá aquel sujeto solo fingía que mi golpe lo había derribado y estaba esperando a que me acercase para darme muerte. Quizás entre aquellos tenebrosos trapos encontraría un arma con la que defenderme. O un mapa, o una llave que fuera a necesitar… Permanecí allí, inquieto y asustado mientras dudaba qué hacer. Una simple decisión se convertía en una bifurcación de caminos cuyo horizonte no llegaba a vislumbrar. Estos horizontes podían ser mi muerte, o podían no serlo. Y a pesar de la incertidumbre, la confusión y los temores que nublaban mi mente, la decisión y la responsabilidad recaían solamente sobre mí.