lunes, 26 de marzo de 2012

Pronto el segundo capítulo

Pronto publicaré el segundo capítulo de la... Crónica de Josel, título no definitivo. La verdad es que a cualquier historia le queda bien ese título. Por favor, decidme qué os parece el primer capítulo.

A todo aquel que piense que publico muy pocas cosas, que sepa que la poca actividad bloguera que llevo a cabo la llevo en Facebook. Me gustaría publicar también aquí algo más que los relatos, pero mira, soy un vago...

sábado, 10 de marzo de 2012

Josel, capítulo 1

Bueno. Aquí va. El primer capítulo de una historia que no sé si acabaré. Nunca acabo mis historias, la verdad. Suelo repetirlo a menudo cuando publico el principio de una nueva historia por que para mí, una historia inacabada es un fracaso. Y tengo miedo del fracaso. Con el tiempo he ido aprendiendo que el fracaso no es nada malo, que se aprende de ellos... pero en el fondo, aunque en la superficie he arrancado las malas hierbas, las raices siguen ahí. ¿El nombre de la historia? No sé. Llamemoslo crónicas de Josel, o Historias de Josel, o Como un estudiante de magia va por la vida, o algo así.

En fin. Ahí va el primer capitulo de una historia que habla de un alter ego de mí mismo.


....



 Sueños de melancolía. De juicio. De exigencia. La imagen de una anciana a la que debía ayudar. Una mujer que pedía ayuda, con tonos afables y no carentes de confianza. Una salud débil, que se desvanecía poco a poco, con el paso de los días. Como el calor del verano.

 Por la noche, mientras dormía, sueños como aquél gobernarían su mente sin ninguna limitación, como caciques a los que se ha otorgado total poder. Por la noche, le revelarían los más profundos relatos, cargados de connotaciones, que se escondían en las cavernas de su mente.

 Pasadas unas insignificantes fracciones de tiempo, se despertaría, empapado en sudor. Y por desgracia para él, ansioso de conocimiento del ego, de entendimiento, no recordaría nada. Nada más que un tenue y efusivo brillo en la esquina que, aunque persiguiera a toda prisa, cuando doblara la esquina ya se habría escabullido.

 Por el día se movería. Caminaría, se sentaría, pensaría, estudiaría, practicaría, hablaría y se relacionaría. Mientras se relacionase, y sin darse cuenta, esquirlas de los misterios que se escondían dentro de él saldrían a la luz. Atravesarían las varias capas de la mente como afiladas dagas disparadas hacia el exterior. Afectarían su forma de ser. Sutilmente, haría o diría cosas que, de ser consciente de ellas, se habría preguntado el porqué.

...

 Despertó aquella mañana como en muchas otras. Empapado en sudor. Sudor frío, no reciente. Había sudado mientras dormía. El sudor se había enfriado y se había quedado allí, pegado a él, absorbiendo su calor y obligándole a despertar de una forma poco agradable. No sabía cómo era despertar tras una noche a la intemperie en el frío del norte. Quizá era peor, pero solía imaginar que era algo parecido a lo que sentía aquellas mañanas. Mientras soñaba, el frío había obligado a su cuerpo a invertir energía en mantener una temperatura corporal adecuada. Por consecuente, se despertó, además de gélido, cansado.

 El agua caliente era un lujo. Y el agua fría no ayudaría. Descartó tales posibilidades y se levantó. Pese a que las mantas con que se había cubierto para dormir estaban igualmente mojadas, al destaparse sintió que el frío ambiente de la habitación le golpeaba.

 En una combinación de lenta somnolencia y rápida necesidad, se deslizó hasta la silla del escritorio, en cuyo respaldo descansaban una camisa blanca bastante sencilla y una toalla blanca descolorida (descolorida, si). Cogió la toalla y la utilizó, agradecido, para secar su humedecido cuerpo. Aquello no le reconfortó, pues el frío ya había calado hasta los huesos, pero evitaría que se congelara aún más y acabara enfermando si no lo había hecho ya. Soltó la toalla en el mismo lugar justo después de coger la camisa. Esta se había arrugado un poco al compartir el espacio del respaldar con su compañera de funciones absorbentes, pero eso no le importaba lo más mínimo.

 Se puso la camisa blanca y se abrochó los botones sin ninguna prisa. Al concluir, y en un acto de costumbre, alzó la cabeza y vio su reflejo en el espejo del escritorio. Siempre se había preguntado qué hacía ahí ese espejo. Él era un estudiante. Estudiaba y redactaba, lo cual significaba que necesitaba un espacio de trabajo adecuado. El escritorio cumplía con la mayoría de requisitos necesarios, y el espejo, aunque no estorbaba demasiado en cuanto a cuestiones de espacio, no pintaba nada allí.

 Contempló con indiferencia su doble durante unos minutos mientras meditaba, guiado por ese característico descuido del despertar, cuya última prioridad era el tiempo y las responsabilidades. No era demasiado alto. La verdad era que siempre habría preferido ser más alto. No era demasiado delgado, ni estaba obeso, le sobraban unos pocos kilos. Una descuidada y corta melena castaña cubría su cabeza. El sudor y el haber dormido mal, dando incontables vueltas en la cama, no mejoraban la apariencia de su cabello pero, ¿qué se le iba a hacer? Algo que si que echó en falta fue cualquier rastro de cabello facial. Ni un pelo. Una vez a la semana solía afeitar los pocos turistas que pasaban por su cuello, barbilla y por encima de los labios. Turistas, por qué eran tan pocos que no daba la impresión de que fueran a quedarse allí mucho tiempo, ni mucho menos establecer una población. Parecían más bien nómadas que se hubieran extraviado en el camino a la parte superior de la cabeza. Le parecían ridículos. Una aspiración fracasada o atrasada a parecer un hombre, y no un chiquillo.

 Terminada la aburrida inspección, se puso unos pantalones negros y unas botas de un color parecido, algo desgastadas y descoloridas. Sobre la camisa blanca, y para cumplir discreta pero indiferentemente con los estándares, se puso un chaleco gris. Una vez se sintió algo protegido del frío, a pesar de que la sensación de estar congelado seguía dentro de él, se dirigió hacia la ventana, a la izquierda del escritorio, y abrió los postigos y las puertas de la ventana. Cuando volvía de las clases, le gustaba que su habitación no retuviera el olor a sudor de la noche anterior. Las sirvientas de la pensión en la que residía no le parecían de confianza, y aunque permitía que limpiaran su habitación (cuando les apetecía), llevaba a cabo algunas tareas semanales de limpieza para estar contento con la higiene de su espacio personal.

 Se estiró cómodamente y observó la ciudad a través de la ventana. Los faroleros habían comenzado sus rutas matutinas para apagar las luces de la ciudad. El sol aún no era visible, pero aparecería tarde o temprano. Puede que la ciudad pareciera bonita con la puesta sol. Los ladrillos rojos, con los que estaban hechas la mayoría de edificaciones de la ciudad, proporcionaban un bonito paisaje a esas horas. En la oscura noche, la ciudad parecía apagada y simple.

 Algún día abandonaría ese lugar. Detestaba la ciudad en la que vivía. Varsel se había ido convirtiendo poco a poco, a lo largo de los años, en una cloaca. El río que cruzaba la ciudad, que en otro tiempo se decía que había sido azul, para él había sido siempre de un color gris, sucio y muy poco translúcido. Debía hacer un siglo como mínimo desde la última vez que las estrellas saludaron a la ciudad, pues el negro humo expelido por las chimeneas de las fábricas era más común que las blancas nubes. Y siendo una ciudad portuaria, el agua del puerto tampoco se salvaba. Extremas cantidades de aceites y residuos caían al mar a diario, haciendo que tomarse un baño fuera más un suicidio que una locura.

 Josel había cometido el error de leer libros de historia. Había leído sobre el pasado de Varsel y había quedado impresionado por las historias. Estas hablaban de un Varsel bello. Un pueblo portuario de tradición comercial. Con un río azul, hogares de madera con techos de paja o de tejas. Un puerto inmensamente abastecido de riquezas. Pescado del mar de Vartos, especias del exótico oriente, antigüedades de más allá del desierto de Sariata, al otro lado del mar. Pieles exóticas, porcelanas, métales de propiedades misteriosas, telas, opios... Y el mercado, establecido casi junto al puerto, exhibía las mercancías traídas por tierra. Pieles, carnes, lana, lino, animales. Cualquier cosa que a uno se le pudiera ocurrir buscar, lo podía encontrar en las áreas comerciales de Varsel. Ah, ¡cuánto había cambiado Varsel! De no ser por qué le encantaba soñar, no habría creído que la ciudad en la que vivía era la misma que la de los libros. Incluso había habido un tiempo en el que el Dogo vivía y trabajaba en el ayuntamiento, y no en el castillo. Ahora el Dogo ni siquiera vivía en Varsel, sino en Vardorán, la capital.

 Dejó de lado sus pensamientos, cogió su cartera, colgándosela del hombro y salió de la habitación. Sus pasos resonaron sobre la madera del piso. El silencio reinaba en el segundo piso de la pensión. Aún era pronto, los demás estudiantes debían de estar apurando los últimos sueños. Atravesó el pasillo hasta llegar a las escaleras y bajó, camino al salón. La sala, habitada por un par de largas mesas de comedor y bancos de la misma longitud, no dio indicios de que alguien se hubiera levantado antes que él. La chimenea, apagada, mostraba lo que quedaba de la leña que se había utilizado la noche anterior. No entendía a sus compañeros estudiantes. Era lunes, y además ese mismo día tenían dos exámenes. Creía que ni los exámenes más serios impedían a algunos el quedarse despiertos por las noches para jugar a juegos de cartas. Lo extraño era que no salieran para ir a alguna taberna a restregarle su riqueza a los parroquianos o en búsqueda de rameras. Así eran algunos de sus compañeros. Niños remilgados que se bañaban en el oro de sus padres.

 Se sentó en uno de los bancos en un lugar aleatorio y dejó la cartera sobre la mesa. Pensó en llamar a la cocinera, pero la somnolencia le pudo y apoyó la cabeza de lado sobre la lisa madera. No supo cuanto tiempo durmió, pero haría jurado que no pasaron más de diez segundos. La sirvienta que se dedicaba a cocinar le despertó con un poco de cuidado, dándole toques en el hombro mientras le llamaba. En cuanto recobró la consciencia, le pidió que le sirviera lo de todas las mañanas y, poniendo los codos sobre la mesa, apoyó la cabeza en las manos. Le vinieron a la mente algunas imágenes que, muy posiblemente, venían de sus sueños. ¿Había soñado allí sentado?

 Un hombre enfadado, mirándole desde la altura. Humo, mucho humo gris, fácilmente confundible con niebla. Sabía que era humo por la tos que le provocaba.

 Engulló con rapidez su desayuno, pues se sintió impulsado al movimiento y la acción. Se despidió de la cocinera y abandonó la pensión sin demora. El frío viento, augurio del venidero invierno, le golpeó sin previo aviso nada más abrir la puerta. Deseó haber cogido el abrigo, pero no le interesó la idea de volver sobre sus pasos, pudiendo encontrarse con alguien.

 Comenzó el recorrido por las frías calles de la ciudad. El sol, todavía ausente, permitió que la reinante oscuridad se deleitase durante un rato más, cubriendo las calles de adoquines grises y edificios rojos.

¿Construcción acabada?

Creo que he acabado el fondo. Creo que se quedará así. Si, está en negro, no se ve nada xD

martes, 6 de marzo de 2012

Fondo en construcción

El fondo del blog está en construcción. Las opiniones son bienvenidas. Es más, si no opinais, el gatito muere. No es una imagen precisamente original y poco usada, pero bueno, venía a cuento.

lunes, 5 de marzo de 2012

En casa de mi abuela

Publicado el 2 de Enero de 2012

Hoy mi abuela me ha enseñado las monedas que coleccionaba mi abuelo. Monedas de Reino Unido, de la República Francesa, de la República Española, de las monarquías españolas, del régimen franquista, de la República Italiana, de la República Alemana, de la Confederación Suiza... Las he observado con interés y respeto y las he vuelto a guardar con el mismo respeto. Algún día, que ojalá tarde, las guardaré yo.

Sentado en la butaca de mi abuela, bajo la luz de una lámpara me he acabado el último relato de un libro de relatos de terror de Lovecraft. La habitación cerrada. Me ha parecido que hay demasiado incredulidad, reticencia y, como lo han llamado en el libro, superstición científica en dichos relatos. Los protagonistas solo creen en la realidad de los monstruos hasta que los ven, a pesar de las miles de pruebas que se les presentan. Hacen sufrir al lector, que va leyendo mientras ve como el protagonista se pasea de un lado a otro leyendo las viejas anotaciones de sus fallecidos, que sabían la verdad. En resumen, un buen ejemplo de la frase: "Si no lo veo, no lo creo."

Más tarde, mientras me preparaba para irme, un pájarito gris y de cabecita negra se ha puesto a cantar (un canto parecido al de una maquina traqueteante, para que engañarnos xD) sobre la valla de la terraza. Me han dado ganas de acercarme. Pero habría alzado el vuelo.

Pensamientos tontos

 Publicado el 29 de diciembre de 2011


En mi ausencia mientras estaba en casa de mi abuela, el fontanero ha venido a casa y ha arreglado el inodoro. Ha sustituido el antiguo mecanismo de la cisterna, de plástico blanco-amarillento y que había soportado varias averías y apaños caseros, por un par de plásticos cilíndricos de color blanco, limpio y por una parte de un color azul transparente. Aun así, la reparación ha quedado a medio hacer, y mañana volverá y añadirá lo que falta, que imagino que viene a ser la cadena de la que tirar, o el botón que pulsar para accionar el mecanismo.

Aunque esté a medio hacer, el contraste del cambio de colores le da a uno ganas de soltar frases tipo eslogan. El mañana... ha llegado a tu inodoro.

Pensamientos filosóficos

 Publicado el 3 de diciembre de 2011.

Me preocupa el que en momentos de orgullo, casi rozo la vanidad. Mi forma de pensar me hace sentir bien, pues creo que alcanzo buenos grados de objetividad y y claridad, siempre que esté de buen humor. Procuro no olvidar, a pesar de todo, que nunca se es sabio ni ignorante, y que la búsqueda del saber persiste.

El día a día estudiantil me ha dado lo que deseaba y esperaba. La estabilidad, el sentirme bien. En muchas ocasiones no tengo tiempo para hacer todo lo que me gustaría, pero más tarde descubro que con tiempo de sobra, acabo aburriéndome e irritándome. Sin duda, estudiar es fantástico, aprendiendo algo nuevo a cada rato y al mismo tiempo disfrutando de mis ensueños.

En ocasiones mi mente se enzarza en difíciles dilemas o examenes filosóficos del tema más trivial, que no llevan a ningún otro lugar que no sea un dolor de cabeza. Sin dudarlo tengo una mente peculiar. Y a menudo, en mi cabeza, confieso que me siento alejado de los demás: me pregunto si piensan en tantas cosas como yo, en si lo hacen como yo. ¿Cuan grande es la diferencia? ¿Conoceré algún día a alguien más?

Algo puedo afirmar. Nací filósofo. Mi madre me contó que a veces podía dejarme a solas, en mi cuna, sin que llorara ni diera indicio alguno de soledad. Cuando volvía, me encontraba sonriendo y sorprendido, jugando con mis pies y manos, observándolos y fascinándome. Y ya después de mi primera memoria, me recuerdo cuestionando la realidad y lo que habitaba en ella. ¿Como podía yo saber que en cada cuerpo había un ser que lo movía? ¿Como sabía yo que no era todo obra de mi imaginación? También he oido a familiares decir que cuando era pequeño hablaba como un viejo, como alguien sabio. Son mi familia así que quizá habría que desacreditar un poco tal afirmación, aunque fuera solo un poco.

Puede ser que acabara por cerciorarme de que no podía encontrar la verdad de tales incógnitas, y me acostumbrara a vivir en la vida como quien se olvida de que está en un sueño. Hace poco, el libro de filosofía de bachillerato despertó esos pensamientos largamente dormidos en mi mente. Y ahora vuelvo a pensarlo y darle vueltas.

Y de nuevo, me marcho a dormir. Pues tanto acertijo me da dolores de cabeza que ni Zeus como anfitrión de Atenea.

Hombre Maldito

Aquí un relato. Esto debía ser la introducción de la historia de un monstruo sanguinario obligado a llevar a una niña con él. Una extraña pareja, vamos. Nunca escribí más allá de esta intro.

...

El despiadado disco solar se alzaba sobre la tierra maltratada. Se trataba de una ciudad al sur de un río de aguas bastante bajas. En cualquier dirección en la que uno mirase, se podía atisbar signos de que una intensa sequía azotaba el territorio. Las praderas que una vez fueron verdes y sanas, ahora solo lucían oscuras grietas que clamaban agua o, como consolación, la sangre de los caídos. La ciudad en si no parecía estar en  mejores condiciones. Varias columnas de humo se alzaban entre las viejas casas, cuyos residentes solo podían recordar tiempos más pacíficos.

Cualquier momento hubiera sido más pacífico que aquel, sin duda. Pues junto a el extremo sur de la ciudad, junto a las murallas y la gran puerta, se libraba una cruenta batalla. Tras las murallas, en las primeras calles, yacían desperdigados centenares de recientes cadáveres, tanto de asaltantes como de defensores. Se podía dilucidar, según el estado de la gran puerta de la muralla, que el enemigo había logrado atravesar esta e invadir las calles durante un relativamente breve periodo de tiempo. Los defensores debían haber logrado hacer retroceder al invasor hasta el exterior y la batalla se desarrollaba ahora donde habían deseado desde el principio. En el exterior, variado solo por las zanjas y fosos improvisados por la defensa, que ahora resultaban algo inútiles, el baldío campo estaba plagado de hombres que luchaban entre sí.

El capitán de la guardia, Wilhelm Dredder, observaba el panorama desde las almenas de la muralla. Se giró un momento para observar las calles llenas de muerte. Los cuervos, e incluso algunos buitres venidos del sur, ya se daban un festín con sus antiguos soldados. Las armaduras empapadas en sangre eran, si no lo estaban ya, desguazadas por los carroñeros que buscaban su parte del pastel. A su disgusto, su ejército había sido diezmado por última vez. La guerra no era su primer problema. Antes ya de que el duque de Vastbruk alzara las armas, la sequía llevaba tiempo causando estragos. La consecuente hambruna había inspirado a muchos soldados a vender sus armaduras y armas para obtener un bocado de las últimas reservas de la ciudad. Algunos mercaderes se habían aprovechado de la situación y habían alzado los precios hasta las nubes, como quien exprime una vaca hasta que esta sangra por las ubres.

De haber sido necesario, se habría encargado de moderar el comercio, pero los ciudadanos acabaron perdiendo los estribos y recurrieron a la violencia desmedida. Después de eso, todo había ido volviéndose más y más difícil. Él mismo le había suplicado al duque de su ciudad, Dimidsbruk, que hiciera algo. Aunque solo fuera entonar un discurso para que el pueblo recordara que todavía había alguien al mando.

Aún así no le había servido de nada. El duque era tan estúpido e inconsciente para con las necesidades de su pueblo como su rival de Vastbruk. Quizá incluso ya había abandonado la ciudad. Conociéndolo, debía haber cogido el caballo más rápido del establo y ya estaría cruzando el Bosque Meridiano, al norte del río. Volvió a dirigir la mirada al campo de batalla. La carnicería se desarrollaba sin sorpresas. En cuanto el enemigo había salido de la ciudad en desbandada, había ordenado a sus hombres perseguirlos como a los perros carroñeros que eran. ¡Había resultado ser una trampa! Cuarenta metros hacia el suroeste de la muralla, donde comenzaba a pronunciarse una senda que llevaba hacia las precipitadas montañas, un vasto contingente de caballeros, oculto tras un montículo, había cargado contra sus hombres volviendo a equilibrar la balanza de la batalla. Por suerte, la irregularidad del terreno había impedido a los jinetes enemigos moverse con suficiente libertad para finiquitar la contienda. Los soldados de Wilhelm, entrenados para saber improvisar, habían retrocedido hasta las zanjas que se extendían a diez metros de la muralla y habían resistido el embiste.
Ambos bandos habían perdido muchos hombres. En ambos bandos, la moral era pésima. En ambos bandos, los hombres estaban hambrientos. Pero ambos bandos seguían luchando. Por qué sabían que no eran más que peones a los que tocaba morir o afrontar castigos por deserción. Además, cuantos más de ellos murieran, más comida sobraría y podría llegar a sus hijos y esposas.
El capitán estaba preocupantemente tranquilo. Preocupantemente, eso es, para sus subordinados, que le acompañaban en la muralla por su seguridad. ¿A quién se habría propuesto engañar fingiendo estar preocupado? Era viejo. Había superado la esperanza de vida de un rey, viviendo en una ciudad que desde hacía tiempo parecía estar condenada. Había hecho todo lo que había podido para salvarla. No a la ciudad, no al duque, si no a sus habitantes, y todos sus esfuerzos habían fracasado. Pero estaba satisfecho consigo mismo. Su sabio padre le había preparado tanto para el triunfo como para el fracaso. Y le había tocado el fracaso, pero él se había esforzado, lo había dado todo, y ni se le había ocurrido huir cuando pensó que aquella pobre ciudad se estaba convirtiendo en un nido de revuelta y descontento, y que tarde o temprano algún campesino le atravesaría el pecho con una flecha. Sin duda, estaba orgulloso de sí mismo. Si el futuro lo exigía, moriría sin remordimientos y su espíritu no se aferraría a la tierra como muchos otros seres vengativos. Alzó la mirada hacia el campo de batalla de nuevo con algo de curiosidad. La trifulca había aminorado el ritmo. Podía sentir en el aire que los hombres estaban exhaustos. El sol del mediodía no era nada piadoso.

Mientras pensaba en qué debía hacer a continuación, se dio cuenta de que un peculiar personaje había entrado en escena. Desde allí no le veía del todo bien, pero parecía un mastodonte. Un ser de dos metros de alto y uno de ancho, cuyos músculos aparentaban desear explotar. Su piel era de un color verdoso oscuro, como si llevara un mes muerto. Cubría su torso con un peto de hierro negro y sus anchas piernas parecían acorazadas por el mismo metal. Su cabeza era redonda y calva. En una mano blandía una gran hacha que un hombre normal apenas podría llevar con las dos manos, y con la otra manejaba ágilmente una maza, de cuya esfera metálica partían varias afiladas púas.
La visión de aquel diablo provocó que un gélido escalofrío recorriera todo su cuerpo. Pero no era lo espantoso de su apariencia lo que le turbó, si no el hecho de que no estaba de su lado. Había caminado hacia el campo de batalla desde la senda y los soldados de Vastbruk no habían hecho más que apartarse de su camino. Él los había ignorado, y se había dirigido hacia los defensores de Dimidsbruk con una calma desconcertante mientras esgrimía sus armas y una siniestra sonrisa.

...

El inmenso guerrero observó a los soldados que tenía más adelante, y ellos le observaron a él. La batalla había sufrido una pausa a su llegada, y los hombres le miraban, expectantes y algo asustados. Era de verás un ser al que llamar demonio. Dos metros de alto, un rostro cadavérico a falta de nariz, cuyos ojos se movían con tanta vida como las de un vivo. Sus brazos estaban cubiertos de algo parecido a desorganizadas escamas del color de su piel, que habían crecido marcadamente sustituyendo cicatrices, y que al mismo tiempo podían ser confundidas con voluminosos músculos. Sus manos, grandes como jamones, empuñaban las armas sin demasiado esfuerzo ni torpeza. El monstruo se cansó de ser observado, abrió la boca y bramó.

- Quien pretenda sobrevivir, que comience por apartarse de mi camino.
Observó como los soldados se achantaban al oír su voz, pero no se movieron. Un resultado decepcionante, pensó. Se veía a la legua que aquellos hombrecillos no representaban ningún desafío, y a pesar de todo, tendría que molestarse y abrir paso. Suspiró y caminó hacia adelante. El soldado enemigo más cercano mantuvo su posición y blandió su lanza con algo de nerviosismo. Debía haber llevado un escudo al principio de la batalla, pero ya no contaba con él.

Antes de que pudiera darse cuenta, la maza -en su mano izquierda- ya estaba describiendo un arco horizontal de derecha a izquierda dirigida hacia su estomago. El soldado, que había volcado toda su alma en esquivar cualquier golpe mortal del engendro, saltó hacia atrás con suficiente agilidad. Para su desgracia, el gigante ya se lo esperaba, y lanzó un tajo vertical con el hacha, hundiéndola en su cabeza hasta llegar al cuello.

El desagradable espectáculo carmesí fue como el marcador del final de la tregua, y de la reanudación de la lucha. Los invasores se lanzaron con renovado ánimo, y los defensores lucharon por sus vidas, algunos de ellos huyendo. El demonio miró a los lados, percatándose de cómo sus supuestos aliados mantenían una distancia prudencial. Se encogió de hombros y avanzó de nuevo hacia la ciudad. Le encararon dos soldados, confiando en que el número aumentaba sus probabilidades de sobrevivir. Ambos llevaban largos escudos y lanzas. Intentaron separarse, rodeándolo, pero él no les dio esa oportunidad. Saltó hacia el hombre a su izquierda y hundió la maza en su escudo. Divertido al ver cómo su maza estaba atrapada en el escudo, tiró de ella hacia la izquierda, arrastrando al pobre hombre con su escudo y desequilibrándolo hasta hacerlo caer al suelo. La sangre brotó de nuevo cuando hundió su potente hacha en el torso del soldado caído, produciendo un sonido más propio de una charcutería que de una batalla. La víctima del hachazo chilló como un cerdo poco antes de perder el conocimiento. El monstruo sintió una punzada en el cuello, como una picadura. Soltó una carcajada helada a la vez que dedicaba un segundo a admirar la valentía y la puntería del soldadito restante, que había intentado perforarle una arteria con su lanza. Soltó la maza, que seguía atrapada en el escudo del soldado caído, y trazó un arco con el brazo derecho a la vez que se incorporaba, lanzando al atrevido hombre hacia atrás y haciéndolo caer al suelo.

Una vez erguido, se dio cuenta de que la lanza seguía clavada en su endurecida piel. La asió con la mano izquierda y se la arrancó. Acto seguido dio unas largas zancadas hacia su desconcertado rival, que intentaba levantarse del suelo cuando su propia lanza le atravesó el pecho. El guerrero soltó la lanza donde la había dejado y continuó caminando sin dedicarle un segundo más al desconocido agonizante. No es que no oyera sus gritos ni viera sus caras, más bien incluso podía recordar sus caras. Es solo que la guerra era algo para lo que estaba hecho. Vio al próximo hombre que se planteaba oponérsele. Un joven que debería estar empleando su mente en los estudios, arar la tierra o conquistar a una chica. En cambio, ese joven estaba allí, lanza en mano, muerto de miedo. Le miró con pereza. No es que se apiadara de él. Es que él estaba hecho para la guerra, no para matar a gente desarmada. Este chico llevaba una lanza, si, pero su rostro decía "¡no he cogido esta lanza con fines homicidas! ¡no me hagas daño!". No valía la pena alzar el arma contra rivales así.

Reanudó el paso, acercándose al chaval. Este reaccionó por instinto y lanzó una bien dirigida estocada con su arma. El engendro adelantó la mano izquierda y cogió la lanza por la punta antes de que esta impactase, pero aprovechó la inercia del golpe para tirar de ella y quitársela al chiquillo. Cayó hacia adelante atraído y superado por la fuerza de la bestia, que le propinó una patada en el torso en cuanto estuvo a la altura adecuada. No se movió del suelo, probablemente inconsciente.

No sentía ni una pizca de cansancio, pero volvió a suspirar cuando giró la cabeza a la derecha y vio que un par de jinetes cabalgaban hacia él. No eran de los suyos, sus escudos lucían el símbolo del ducado de Dimidsbruk.

Empuñaban largas lanzas y pequeños escudos, y parecían pretender empalarlo con ellas cuando se acercaran. Se inclinó para recoger la lanza del jovencillo al que había derribado, se irguió, echó el brazo hacia atrás y arrojó la lanza con todas sus fuerzas hacia el jinete de la izquierda. Este cayó del caballo al ser atravesado, pero su compañero continuó su valiente carga. Aburrido por la insistencia de sus rivales, el monstruo empuñó el hacha, y fijó la mirada en el cada vez más cercano enemigo.
...

El demonio bramó, alzándose en medio del charco de sangre que emanaba a la vez del decapitado caballo y de su antiguo jinete. Aquello fue suficiente para el capitán, quien miró a uno de sus guardaespaldas.

- Iza la bandera blanca antes de que esa cosa extermine a lo que queda de nuestros conciudadanos. -El hombre asintió y se retiró, dirigiéndose hacia  la torre más cercana que se erguía sobre la Gran Puerta.- Antes teníamos posibilidades, pero ahora... Sois libres de huir. -Le dijo al hombre que permanecía a su lado, refiriéndose a él y al que acababa de retirarse para cumplir órdenes.- Vuestro trabajo como guardaespaldas del capitán ha concluido, al igual que mi trabajo como capitán de la guardia de Dimidsbruk.

El desilusionado hombre se dirigió hacia las escaleras. Su último cometido como capitán era informar al Duque de la situación. Si este seguía en el castillo, le haría saber lo ocurrido. De no ser así, abriría las puertas del castillo para acabar así con aquella absurda guerra. Se preguntó qué haría después. ¿Cabalgaría hacia el fértil norte para ofrecer sus servicios a otro señor? ¿O se entregaría al ejército enemigo? El duque de Vastbruk no era conocido por su piedad... También podía quedarse en la ciudad, e intentar ayudar a la población y mantener el orden. Estaba seguro de que el desinteresado aristócrata que fuera a parar al castillo no se daría cuenta. Pero sabía desde hacía tiempo que aquella gente no podía ser salvada del caos. La hambruna, la sequía y el cambio a un peor gobierno (ya era difícil empeorarlo) indicaban una evidente época de pobreza y desdicha.

Hombre Maldito by Sanderlo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License.

¿Que por qué me gustan los zombies?

 Un artículo que publiqué en agosto de 2011. Hay que ver, como pasa el tiempo, ¿eh? A estos artículos no les doy más valor del que tienen, pero me daría cosa dejar que se pierdan en el olvido.

Sus descarnadas manos alzadas en dirección al humano viviente, sus pútridos rostros, sus miradas vacías, u oportunamente llenas de odio. Sus negros y agrietados dientes lanzando dentelladas al aire. Tienen hambre, un hambre infinito que solo puede ser saciado momentáneamente. Puedes correr, puedes esconderte, pero ellos seguirán allí, esperándote. En las calles, en el rellano, en el súper. Ellos no tienen ninguna prisa y tus recursos son limitados. Raciona tu comida tanto como quieras. Tarde o temprano tendrás que salir. 

¿Que por qué me gustan los zombies? Hay varias razones por las que les he ido cogiendo cariño durante los años. En algún momento de mi vida comencé a escuchar las múltiples y variadas críticas hacia la sociedad. Que si el capitalismo, que si la ignorancia, que si las conspiraciones, que si somos todos unos pecadores horribles y el mundo en el que vivimos es en realidad el infierno...
Y es que a la gente le encanta pensar que se acercan tiempos de cambio, que hay cosas raras que se nos oculta, que mañana pasado se acabará el mundo... Sinceramente yo no lo comparto. No sé de donde viene esa pasión por el fin del mundo. ¿Acaso no sois jóvenes, hostia? De los viejos, lo entiendo. Es posible que tu mundo se acabe pronto, así que o bien intentas no ser el único que cree que va a morir inventándote patrañas, o intentas llamar la atención de los tuyos (inventándote patrañas), que te tienen abandonado. O eso o padecen algún grave problema mental, de ser así no pretendía ofender a ningún ancianito.

En cualquier caso, siempre ha estado ahí, en mi consciencia, la cuestión. ¿Tendrán razón? ¿Se acabará el mundo algún día de estos? No invierto tanto tiempo como otros en ello, simplemente es cuestión de "¿Al final tendrán razón o no la tendrán?". Porque no me negareis que en caso de ser verdad, no sería curioso... y horrible y espeluznante y todo lo demás. En otro momento continuaré con esto. Me voy, que he quedado.

Aquí la segunda parte.

Como decía: No me apasiona demasiado la pregunta "¿Se va a acabar el mundo?". Lo que me apasiona es una de las posibles respuestas. "Si, se va a acabar el mundo, bienvenido a el apocalipsis zombie." ¿Que mejor forma de decirle a la raza humana que ha disgustado a su dios (sea cual sea) que haciéndola comerse a sí misma? El mayor factor es la sorpresa y el terror. Reconozcámoslo, nadie se espera un apocalipsis zombie. Si llegara una epidemia, ¿alguno de vosotros se esperaría que vuestros seres queridos enfermos comenzaran a levantarse de la cama para comeros? Y de ser así, ¿seríais capaces de reaccionar? ¿De devolver el mordisco? ¿De salir corriendo, o incluso de improvisar un arma y hendir el cráneo de vuestro amado y aparentemente delirante prójimo? (Que atragantado, por dios)

Nuestra obesa y mimada sociedad no está preparada para ello. En los muchos libros que he leído, el autor se toma sus libertades (obviamente) para decidir como de fuerte y capaz es la resistencia humana contra el holocausto. En una ocasión, el ejercito de los Estados Unidos responde de una forma bastante típica y comercial. Se organiza una gran campaña publicitaria y se prepara con gran presupuesto un frente en una pequeña ciudad llamada Yonkers al sur de Nueva York. Se arma a los soldados con la mejor tecnología para librar batallas coordinadas a gran escala. Se cavan zanjas, se amontonan sacos de arena, se atrincheran. Y todo eso, portando armadura y una deficiente cantidad de equipamiento innecesario. Los soldados se preparan para enfrentarse a casi una decena de millones de zombies, cada uno de ellos lleva suficiente munición para eliminar a... ¿cuántos? ¿cien zombies?

Calculemos. Según Wikipedia (espero no dejarme en ridículo) el ejercito de los Estados Unidos consta de un millón y medio de personal activo y otro millón y medio en las reservas. Esto suma tres millones, si es que fuera posible reunir a TODO el ejercito en Yonkers, ¿cuánta munición debería llevar cada soldado para que el bando de los vivos superara al de los muertos? Contad el pánico, los disparos que no dan en la cabeza, los zombies desmembrados arrastrándose por el suelo... En resumen, Max Brooks (autor de Guerra Mundial Z) expone al ejercito de los Estados Unidos como una banda bien organizada de tipos con pistolas muy grandes y cañones muy potentes, pero dirigida por idiotas que no saben diferenciar un zombie de un comunista de ojos achinados. Ahora, hay que decir que Guerra Mundial Z no es la típica novela americana, me regocijo al decir que aunque los zombies estén de moda, no son típicos... Eso sí, Guerra Mundial Z es típicamente americana. Los estadounidenses sufren muchas pérdidas,  se ven obligados a adoptar una estrategia mezquina pero efectiva y acaban salvando el pellejo y salvando su gloriosa nación. Creo que incluso formaron un ejército internacional dedicado a la erradicación de los muertos vivientes. ¿Quienes son los buenos? ¡Los Estados Unidos!

Ignaugurando el Perezopolis de blogger.

Hola, Blogger. Dejo atras el complicado Wordpress. Ahora, a pasar los pocos artículos que metí allí.